El túnel, Ernesto Sabato

La adolescencia es esencial para el desarrollo de la lectura literaria, y viceversa. El provecho de semejante imbricación formativa, no obstante, está a menudo amenazada por la abismal distancia entre el canónico intertexto lector de una parte de los docentes surgidos en sistemas educativos ya obsoletos y las necesidades primarias que, en forma de horizonte de expectativas, nacen en el alumno. Por fortuna, existen espacios de disidencia (quizás, simplemente buenos docentes) en los que se plasman textos que saben cómo satisfacer realmente a un adolescente: textos subversivos, intrigantes al tiempo que directos, obsesivos y, por qué no, cargados de autocompasión.

Sin que estas características aspiren a trazar el retrato de los complejos artistas adolescentes en su totalidad, son las que, buscando entre mi tiempo perdido, descubrí no hace muchos años atrás al enfrentarme por primera vez a la figura de Juan Pablo Castel. Hoy, pues, presento el inicio de mi novela predilecta de Ernesto Sabato, o Sábato (1911-2011), El túnel, con la certeza de que algún fantasioso Bastián tope con él y, sobre todo, ose saber más sobre el asunto de la rata.

El túnel

I

Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.

Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase “todo tiempo pasado fue mejor” no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que —felizmente— la gente las echa en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que “todo tiempo pasado fue peor”, si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza. ¡Cuántas veces he quedado aplastado durante horas, en un rincón oscuro del taller, después de leer una noticia en la sección policial!. Pero la verdad es que no siempre lo más vergonzoso de la raza humana aparece allí; hasta cierto punto, los criminales son gente más limpia, más inofensiva; esta afirmación no la hago porque yo mismo haya matado a un ser humano: es una honesta y profunda convicción. ¿Un individuo es pernicioso?. Pues se lo liquida y se acabó. Eso es lo que yo llamo una buena acción. Piensen cuánto peor es para la sociedad que ese individuo siga destilando su veneno y que en vez de eliminarlo se quiera contrarrestar su acción recurriendo a anónimos, maledicencia y otras bajezas semejantes. En lo que a mí se refiere, debo confesar que ahora lamento no haber aprovechado mejor el tiempo de mi libertad, liquidando a seis o siete tipos que conozco.

Que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita demostración. Bastaría un hecho para probarlo, en todo caso: en un campo de concentración un ex pianista se quejó de hambre y entonces lo obligaron a comerse una rata, pero viva.

No es de eso, sin embargo, de lo que quiero hablar ahora; ya diré más adelante, si hay ocasión, algo más sobre este asunto de la rata.

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Acerca de framosagudo

Docente y discente interesado en la investigación y didáctica de la lengua y la literatura. Más en: http://www.linkedin.com/pub/francisco-ramos-agudo/6b/192/b63
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