Lolita, Vladimir Nabokov

Cuando realizamos la entrada sobre “El violador”, el polémico relato de Hernán Migoya, más de un lector quedaría escandalizado ante los pensamientos allí vertidos. Es probable, incluso, que martirizáramos la figura de semejante depravado. Sin embargo, las alabanzas predominan sobre las descalificaciones cuando un autor canónico como Vladimir Nabokov (1899-1977) sale a escena; quien, como vemos hoy, tampoco era especialmente pudoroso al enfrentarse a la escritura literaria. ¿O, es que a todos nos parece éticamente correcto que un adulto se obsesione por una niña de doce años?

Es cierto que el canon lleva aparejada una polémica problemática cuya dilucidación excede los fines de este blog (esta es una buena introducción), así como tanto las alabanzas como las críticas de los diversos textos no reposan en la mayoría de las ocasiones sobre fundamentos estrictamente literarios ni, a veces, sobre la propia experiencia lectora. Pierre Bayard sostiene que no es necesario haber leído un libro para realizar una opinión fundamentada sobre él (algo en lo que estarán de acuerdo gran parte de los alumnos de Lengua y Literatura o, incluso, cualquier Filología); lo cual no quiere decir que todo ejercicio crítico tenga el mismo valor. Y una crítica literaria sostenida únicamente sobre valores éticos, desde luego, carece de valor.

Al margen de estas líneas de pensamiento, que dudo que interesen a pocos más lectores que al propio autor de estas líneas, hoy tenemos una serie de fragmentos de la irreverente Lolita (1955), tachada en su momento de pornográfica y, quizás por su condición polémica, llevada al cine por Stanley Kubrick. El carácter sensual de Dolores, Lo, Lolita, junto a las altas dosis de violencia y romanticismo, hacen de esta novela una obra que, al menos, merece alcanzar la condición de libro hojeado (término que cobrará más sentido cuando presentamos al ya mentado Bayard). Sin más, he aquí algunos fragmentos de Lolita:

Lolita

Ahora creo llegado el momento de presentar al lector algunas consideraciones de orden general. Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o tres veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica ( o sea demoníaca); propongo llamar nínfulas a estas criaturas escogidas […] Entre esos límites temporales, ¿son nínfulas todas las niñas? No, desde luego. Tampoco es la belleza una piedra de toque; y la vulgaridad – o al menos lo que una comunidad determinada considera como tal- no daña forzosamente ciertas características misteriosas, la gracia letal, el evasivo, cambiante, anonadante, insidioso encanto mediante el cual la nínfula se distingue de esas contemporáneas suyas.

[…]

Era la misma niña: los mismos hombros frágiles y color de miel, la misma espalda esbelta, desnuda, sedosa, el mismo pelo castaño. Un pañuelo a motas anudado en torno al pecho ocultaba a mis viejos ojos de mono, pero no a la mirada del joven recuerdo, los senos juveniles. Y como si yo hubiera sido, en un cuento de hadas, la nodriza de una princesita, reconocí el pequeño lunar en su flanco.

[…]

Si pedimos a un hombre normal que elija a la niña más bonita en una fotografía de un grupo de colegialas o girl scouts, no siempre señalará a la nínfula. Hay que ser artista y loco, un ser infinitamente melancólico, con una burbuja de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad siempre encendida en su sutil espinazo, para reconocer de inmediato, por signos inefables – el diseño ligeramente felino de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado y otros indicios que la desesperación, la vergüenza y las lágrimas me prohiben enumerar- al pequeño demonio mortífero ignorante de su fantástico poder.

[…]

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita. “

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[Puestos a reflexionar, pronto llenarán este blog más entradas referentes a escritoras, exploraré letras más allá del siglo XX y volveré la vista un poco más a las tablas. No en vano, no es mi objetivo convertirme en el nuevo Harold Bloom español]

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Acerca de framosagudo

Docente y discente interesado en la investigación y didáctica de la lengua y la literatura. Más en: http://www.linkedin.com/pub/francisco-ramos-agudo/6b/192/b63
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