La casa de los espíritus, Isabel Allende

1982 es el año en el que la escritora chilena Isabel Allende (1942) publicó la novela que le lanzó a la fama: La Casa de los espíritus. La que pasara a ser la primera de una trilogía continuada por Hija de la fortuna Retrato en sepia actualizaba lo más sugerente del realismo mágico en un entramado de violentas relaciones familiares, de clase, de nación, entre Clara del Valle, Esteban Trueba, Tránsito Soto, Pedro Tercero García, y otra suerte de personajes que mi memoria no alcanza a recordar (Wikipedia sí, podéis consultarlo vosotros mismos).

Si bien se ha discutido mucho sobre la calidad literaria de la producción de una autora de excelente salida en el mercado editorial, no puedo sino reconocer que pese a la evidente existencia de ciertos clichés (“Fue una larga noche, quizás la más larga de mi vida”), disfruté enormemente esta obra, cuya recomendación agradezco, y hoy desde aquí actualizo. Para mí, se trata de una lectura amena, con un lenguaje fresco que en ciertos momentos de la experiencia lectora es de agradecer (no todo va a ser Musil y su falta de atributos), y sobre todo, que presenta la gran virtud de crear lectores fieles, voraces, sinceros. Por ello, dejo un fragmento cuidadosamente seleccionado por uno de los más firmes e imperecederos analistas literarios que he conocido a lo largo de mi escasa vida: el pliego de una esquina de una hoja doblada durante la primera lectura de la obra.

La casa de los espíritus

Capítulo V

[…]

“Pedro Tercero seguía siendo delgado, con cabello tieso y los ojos tristes, pero al cambiar la voz adquirió una tonalidad ronca y apasionada con la que sería conocido más tarde, cuando cantara a la revolución. Hablaba poco y era hosco y torpe en el trato, pero tierno y delicado con las manos, tenía largos dedos de artista con los que tallaba, arrancaba lamentos a las cuerdas de la guitarra y dibujaba con la misma facilidad con que sujetaba las riendas de un caballo, blandía el hacha para cortar la leña o guiaba el arado. Era el único en Las Tres Marías que hacía frente al patrón. Su padre, Pedro Segundo, le dijo mil veces que no mirara al patrón a los ojos, que no le contestara, que no se metiera con él y en su deseo de protegerlo legó a darle rotundas palizas para agacharle el moño. Pero el hijo era rebelde. A los diez años ya sabía tanto como la maestra de la escuela de Las Tres Marías y a los doce insistía en hacer el viaje al liceo del pueblo, a caballo o a pie, saliendo de su casita de ladrillos a las cinco de la mañana, lloviera o tronara. Leyó y releyó mil veces los libros mágicos de los baúles encantados del tío Marcos, y siguió alimentándose con otros que le prestaban los sindicalistas del bar y el padre José Dulce María, quien también le enseñó a cultivar su habilidad natural para versificar y a traducir en canciones sus ideas.

-Hijo mío, la Santa Madre Iglesia está a la derecha, pero Jesucristo siempre estuvo a la izquierda -le decía enigmáticamente, entre sorbo y sorbo de vino de misa con que celebraba las visitas de Pedro Tercero.

Así fue como un día Esteban Trucha, que estaba descansando en la terraza después del almuerzo, lo escuchó cantar algo de unas gallinas organizadas que se unían para enfrentar al zorro y lo vencían. Lo llamó.

-Quiero oírte. ¡Canta, a ver! -le ordenó.

Pedro Tercero cogió la guitarra con gesto amoroso, acomodó la pierna en una silla y rasgueó las cuerdas. Se quedó mirando fijamente al patrón mientras su voz de terciopelo se elevaba apasionada en el sopor de la siesta. Esteban Trueba no era tonto y comprendió el desafío.

-¡Ajá! Veo que la cosa más estúpida se puede decir cantando -gruñó-. ¡Aprende mejor a cantar canciones de amor!

-A mí me gusta, patrón. La unión hace la fuerza, como dice el padre José Dulce María. Si las gallinas pueden hacerle frente al zorro, ¿qué queda para los humanos?

Y tomó su guitarra y salió arrastrando los pies sin que el otro discurriera qué decirle, a pesar de que ya tenía la rabia a flor de labios y empezaba a subirle la tensión. Desde ese día, Esteban Trueba lo tuvo en la mira, lo observaba, desconfiaba. Trató de impedir que fuera al liceo inventándole tareas de hombre grande, pero el muchacho se levantaba más temprano y se acostaba más tarde, para cumplirlas. Fue ese año que Esteban lo azotó con la fusta delante de su padre porque llevó a los inquilinos las novedades que andaban circulando entre los sindicalistas del pueblo, ideas de domingo de asueto, de sueldo mínimo, de jubilación y servicio médico, de permiso maternal para las mujeres preñadas, de votar sin presiones, y, lo más grave, la idea de una organización campesina que pudiera enfrentarse a los patrones.”

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Acerca de framosagudo

Docente y discente interesado en la investigación y didáctica de la lengua y la literatura. Más en: http://www.linkedin.com/pub/francisco-ramos-agudo/6b/192/b63
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