Usted tiene ojos de mujer fatal, Jardiel Poncela

Tal y como nos recuerda Salamanca Negra, hace hoy exactamente 62 años que muriera, no sabemos si borracho y solo, pero sí arruinado y olvidado, uno de los grandes maestros de ese humor anitnaturalista, absurdo e inverosímil que tanto aplaudimos desde este espacio: Enrique Jardiel Poncela (1901-1952). Desubicado en una época de cerrazón mental que no comprendía su irónica visión del castizo mundo que le rodeaba (¿sería un incomprendido hoy en día también?), plasmó en numerosos relatos cortos, obras de teatro y más de una excepcional novela (Amor se escribe sin hachePero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?) una producción que no tuvo la acogida merecida por parte de la sociedad española sino (¡oh, sorpresa!) tras su muerte. Por ello, hoy recordamos un breve fragmento característico de su teatro extraído de Usted tiene ojos de mujer fatal (1932), así como animamos a los lectores a disfrutar de su continuación en el breve vídeo adjuntado con la versión de TVE de 1975. Y, si alguno quedara con ganas, en este enlace puede encontrar material suficiente para saciarse.

Usted tiene ojos de mujer fatal

ACTO PRIMERO

La misma decoración. Todo aparece igual que apareció al comenzar el prólogo. Han pasado tres meses, pero nada ha cambiado en casa de Sergio. La persiana del ventanal está descorrida y la escena iluminada con luz de sol. En las dos puertas del primero y segundo izquierda, las llaves están puestas por fuera. Las puertas aparecen cerradas.

Comienza la acción a las tres de la tarde. Otoño. Al levantarse el telón, la escena sola. El fonógrafo se halla funcionando con un disco del “O Marie”. Una pausa durante la cual se oye el “O Marie” a más y mejor. Después entra Oshidori por el foro, se dirige al fonógrafo y lo para. En ese momento rompe a sonar el teléfono, y coincidiendo con él entra Pepita por la derecha.

OSHIDORI.—Al teléfono. ¡Diga! Señora condesa… Buenas tardes, señora condesa. ¿Cómo dice la señora condesa? A Pepita. Marquesa, la señora condesa dice que está negra.

PEPITA.—¿Qué está negra?

OSHIDORI.—Completamente negra. Al teléfono. ¿Tres meses, señora condesa? ¡Es increíble, cómo se pasa el tiempo! A Pepita. Dice que hace ya tres meses que yo la anuncié que el señor acudiría una tarde al sitio de costumbre, y que ¡nanay!

PEPITA.—¿ Nanay?

OSHIDORI.—Nanay y moscas tres…

PEPITA.—¡Es siempre la misma!

OSHIDORI.—Pero ¿cómo se explica que la condesa de San Isidro sea tan chula, marquesa?

PEPITA.—Presume de chispera. Según parece a su bisabuela le hizo un retrato Goya, y ese acontecimiento ha arruinado sus buenos modales para siempre.

OSHIDORI.—¡Qué caso! Cuelga el auricular.

PEPITA.—No me explico cómo Sergio ha podido llegar a nada con la condesa.

OSHIDORI.—Fue el año pasado. El señor quería completar su lista particular de aristócratas. Sólo que la condesa está en esa edad en que las mujeres, antes que renunciar a un hombre, renuncian a la ondulación Marcel… Oshidori ha cogido de encima de la mesita un pulverizador del tamaño de los del “Flit” y se ha liado a pulverizar la atmósfera.

PEPITA.—Pero, ¿qué haces, Oshidori?

OSHIDORI.—Pulverizo éter. He descubierto que es más cómodo pulverizarlo en el aire que gotearlo en un pañuelo, con la ventaja de que así los desmayos no llegan a producirse…

PEPITA.—¡Qué talento!

OSHIDORI.—Y cada vez que voy a echar una, pues pulverizo.

PEPITA.—Pero, ¿es que hoy hay más de una, Oshidori?

OSHIDORI.—Hoy hay dos.

PEPITA.—¡Dos!

OSHIDORI.—Dos, marquesa. Una que vino por la noche y otra que vino por la tarde, pero que volvió por la noche, porque las hay que repiten. ¡Se están matando!

PEPITA.—Y acabará matándonos a todas las que le queremos sin egoísmos. Nita Numi ha perdido seis kilos; yo estoy quedándome ya como una sombra, y Leonor ha presentado su dimisión de secretaria porque no puede resistir más los celos. Se oyen unos golpecitos en la puerta del segundo izquierda.

OSHIDORI.—Una que se impacienta… Hay que actuar. Deja el pulverizador y va hacia el segundo izquierda.

PEPITA.—Yo prefiero no verlo. Voy a dar la cera en el “hall”.

OSHIDORI.—Hasta luego, marquesa. Pepita se va tristísima por el foro. Oshidori hace girar la llave del segundo izquierda. En seguida se abre la puerta y aparece Francisca. Oshidori se inclina. Señora… Francisca es una mujer esbelta, de edad indecisa, elegante, con una elegancia explosiva y provista de un aire dramático que lo mismo puede significar que es un personaje de Shakespeare, que puede significar que está mal de la cabeza. Entra con los ojos tapados por un pañuelo que sostiene en la mano derecha y lleva en la otra mano el sombrero y un “renard” a la rastra. Recorre la escena lentamente, deteniéndose en todos los rincones a llorar un poco hasta que Oshidori la aborda.

Anuncios

Acerca de framosagudo

Docente y discente interesado en la investigación y didáctica de la lengua y la literatura. Más en: http://www.linkedin.com/pub/francisco-ramos-agudo/6b/192/b63
Esta entrada fue publicada en Jardiel Poncela, Enrique, Siglo XX, Teatro. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s