Traumnovelle, Arthur Schnitzler

Mientras España contemplaba perpleja una arriesgada propuesta disfrazada de ucronía por parte de cierto programa televisivo, la cual veré en cuanto publique esta entrada, los designios de la casualidad y de la intemporalidad que me caracterizan como filólogo (deformación profesional) me llevaban por los derroteros de cierta película que, aun rebasando con creces esto, también tocaba la misma pregunta que Jordi Évole planteara anoche y, a lo largo de tanto siglos, centenares de artistas legaran para la posteridad: ¿puede una mentira explicar una verdad? ¿Qué hay de tal en este mundo, en este teatro?

A excepción de los más fanáticos, pocos conocerán a Arthur Schnitzler (1862-1931) y su obra magna, Traumnovelle (1926); ni siquiera Relato soñado, la traducción de la misma para el público hispanoparlante. Mas, ¿qué hay de Eyes Wide Shut (1999)? La última película de Stanley Kubrick (gran lector de Kafka y, por cierto, involuntario protagonista de Operación Luna, al cual LaSexta nos remite obligatoriamente) no deja indiferencia a nadie dada su enorme complejidad; y, como tantas otras obras maestras de la gran pantalla, parte de la expresión meramente literaria. De hecho, en la obra que hoy presentamos, están ya presentes gran parte de los aspectos psicológicos que Kubrick trasladara, amén de otras tantas aportaciones propias de uno de los mejores directores cinematográficos de la historia, de ahí que merezca este reconocimiento.

Eyes-Wide-Shut 03

Traumnovelle

[…]

Ella levantó primero la mano, como con suave rechazo; él se la cogió, la retuvo entre las suyas y miró a Albertine de forma interrogante y, al mismo tiempo, con súplica, ella asintió y él comenzó su relato.

El amanecer se filtraba gris por las cortinas cuando Fridolin terminó. Ni una sola vez lo había interrumpido Albertine con alguna pregunta curiosa o impaciente. Debía de darse cuenta de que él no quería ni podía esconder nada. Permaneció tranquila, con los brazos cruzados bajo la nuca, y guardó silencio largo tiempo aún, cuando hacía mucho que Fridolin había acabado.

Finalmente él (estaba echado a su lado) se inclinó sobre ella y preguntó, dubitativo y esperanzado a la vez, a aquel rostro inmóvil de grandes ojos claros, en los que ahora parecía amanecer también:

-¿Qué vamos a hacer, Albertine?

Ella sonrió y, tras una breve vacilación, repuso:

-Dar gracias al Destino, creo, por haber salido tan bien librados de todas esas aventuras… de las reales y de las soñadas.

-¿Estás segura? -le preguntó él.

-Tan segura que sospecho que la realidad de una noche, incluso la de toda una vida humana, no significa también su verdad más profunda.

-Y que ningún sueño -suspiró él suavemente- es totalmente un sueño.

Ella cogió la cabeza de él entre sus manos y la apoyó cariñosamente contra su pecho.

-Pero ahora estamos despiertos -dijo- para mucho tiempo.

Para siempre, quiso añadir él, pero, antes de que pronunciara esas palabras, ella le puso un dedo sobre los labios y, como para sus adentros, susurró:

-No se puede adivinar el futuro.

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Acerca de framosagudo

Docente y discente interesado en la investigación y didáctica de la lengua y la literatura. Más en: http://www.linkedin.com/pub/francisco-ramos-agudo/6b/192/b63
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