A puerta cerrada, Jean-Paul Sartre

Cuando uno se levanta algo existencialista, hecho bastante frecuente entre más personas de las que podamos imaginar, lo mejor es que recurra a la literatura francesa; y, más concretamente, a Jean-Paul Sartre (1905-1980). Sin pretender entrar en disquisiciones sobre si este representa el culmen de la apatía del vivir frente a otros escritores contemporáneos al mismo que presentaremos próximamente, lo cierto es que este intelectual tan contrario al campo institucional cultural (motivo que le llevó a rechazar el Nobel en 1964) legó una producción artística notable cuyo más popular legado, además de la novela La Náusea, podemos encontrarlo en cierta polémica afirmación procedente de la obra de teatro que hoy presentamos: A puerta cerrada / Huis clos (1945). No obstante, no nos quedemos únicamente con una mera oración, y demos un paso adelante para conocer a Garcin, a Inés,  a Nailse, a Estelle, … al otro.

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A puerta cerrada

ACTO ÚNICO

[…]

ESCENA V

[…]

GARCIN.—(La coge por los hombros.) Escucha: cada uno tiene sus objetivos, ¿no es así? A mí…, a mí me daba igual el dinero, el amor. Yo…, yo quería ser un hombre. Un valiente. Y lo aposté todo al mismo caballo. ¿Es posible que uno sea un cobarde cuando se han elegido los caminos más peligrosos? ¿Puede juzgarse una vida entera por un solo acto? Eso es lo que pregunto.

INÉS.—¿Y por qué no? Durante treinta años te imaginaste que tenías mucho corazón; y te permitías mil pequeñas debilidades porque a los héroes todo les está permitido. ¡Y qué cómodo era! Y luego, a la hora de la verdad, te pusieron al pie del paredón… y te cogiste el tren para México.

GARCIN.—No, yo no me imaginaba ese heroísmo. Lo elegí. Cada uno es lo que quiere ser.

INÉS.—Demuéstralo. Demuestra que no era… una imaginación. Solamente los actos deciden qué es lo que uno ha querido.

GARCIN.—He muerto demasiado pronto. No me han dejado tiempo para…, para realizar «mis» actos.

INÉS.—Siempre se muere demasiado pronto o demasiado tarde. Y, sin embargo, la vida está ahí, acabada. La raya está hecha y hay que hacer la suma. Tú no eres nada más que tu vida.

GARCIN.—Eres una víbora. Tienes respuesta para todo.

INÉS.—¡Vamos! ¡Vamos! No pierdas los ánimos. Debe de ser muy fácil convencerme. Busca argumentos, haz un esfuerzo a ver. (GARCIN se encoge de hombros.) ¿Qué tal, qué tal? Ya te había dicho que eras vulnerable. ¡Y cómo las vas a pagar ahora! Eres un cobarde, Garcin, un cobarde, porque yo lo quiero. Porque yo lo quiero, ¿lo oyes? Y, sin embargo, mira lo débil que soy, como un suspiro; solo esta mirada que te mira, este pensamiento incoloro que te piensa…, no soy nada más. (Él va hacia ella con las manos abiertas.) Bueno, ¿y qué?Ahora van y se abren esas manos grandes, de hombre. ¿Y qué? ¿Qué esperas? Los pensamientos no se cogen así, con las manos. Mira cómo no puedes hacer otra cosa que convencerme… Eres mío.

ESTELLE.—¡Garcin!

GARCIN.—¿Qué?

ESTELLE.—Por lo menos, véngate.

GARCIN.—¿Cómo?

ESTELLE.—Bésame y verás cómo canta.

GARCIN.—Y ya ves, es verdad. Estoy en tus manos, pero tú también en las mías. (Se inclina sobre ESTELLE. INÉS da un grito.)

INÉS.—¡Sí, cobarde, cobarde! ¡Vete a que te consuelen las mujeres!

ESTELLE.—¡Canta, Inés, canta!

INÉS.—¡Vaya pareja! Si tú vieras su pataza plantada ahí, en tu espalda, enrojeciéndote la carne, arrugando la tela… Tiene las manos húmedas; está sudando. Va a dejarte una marca azul en el vestido, ya verás.

ESTELLE.—¡Canta! ¡Canta! Estréchame más fuerte, Garcin; verás cómo revienta.

INÉS.—Sí, sí, Garcin, estréchala más fuerte, anda; que tu calor y el suyo se haga un revoltijo, anda… Es estupendo el amor, ¿eh? ¿No, Garcin? Es una cosa tibia y profunda como el sueño, solo que yo te impediré dormir. (Gesto de GARCIN.)

ESTELLE.—No, no la escuches. Bésame. Soy tuya, tuya.

INÉS.—Bueno, ¿a qué esperas tú? Haz lo que te dice. Garcin, el cobarde, tiene en sus brazos a Estelle, la infanticida. Quedan abiertas las apuestas… El señor Garcin ¿la besará? ¿No la besará? Cómo os veo, cómo os veo. Yo sola soy una multitud, la muchedumbre, Garcin, la muchedumbre, ¿oyes? (Murmurando.) Cobarde. Cobarde. Cobarde. Cobarde. Aunque me huyas, no te vale; yo no te suelto. ¿Qué vas a buscar en sus labios? ¿El olvido? Pero yo no voy a olvidarte a ti; yo, no. Es a mí a la que tienes que convencer. A mí. Anda, ¡ven, ven! Te espero. ¿Lo ves, Estelle? Afloja el abrazo, es dócil como un perro… ¡No va a ser tuyo nunca!

GARCIN.—¿Y no será de noche nunca?

INÉS.—Nunca.

GARCIN.—¿Y tú me verás siempre?

INÉS.—Siempre. (GARCIN abandona a ESTELLE y da algunos pasos por la habitación. Se acerca a la estatua.)

GARCIN.—La estatua… (La acaricia.) ¡En fin! Este es el momento. La estatua está ahí; yo la contemplo y ahora comprendo perfectamente que estoy en el infierno. Ya os digo que todo, todo estaba previsto. Habían previsto que en un momento…, este…, yo me colocaría junto a la chimenea y que pondría mi mano sobre la estatua, con todas esas miradas sobre mí… Todas esas miradas que me devoran… (Se vuelve bruscamente.) ¡Cómo! ¿Solo sois dos? Os creía muchas más. (Ríe.) Entonces esto es el infierno. Nunca lo hubiera creído… Ya os acordaréis: el azufre, la hoguera, las parrillas… Qué tontería todo eso… ¿Para qué las parrillas? El infierno son los otros.

[…]

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Acerca de framosagudo

Docente y discente interesado en la investigación y didáctica de la lengua y la literatura. Más en: http://www.linkedin.com/pub/francisco-ramos-agudo/6b/192/b63
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2 respuestas a A puerta cerrada, Jean-Paul Sartre

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