El insomnio de Bolívar, Jorge Volpi

Octavio Paz, Juan Rulfo o Carlos Fuentes se erigen como autores canónicos en la literatura mexicana, en particular, e hispanoamericana, en general, cuya huella literaria no ha sido difuminada sino por los escritores de la llamada Generación del Crack. Ignacio Padilla, Vicente Herrasti, o el que hoy presentamos, Jorge Volpi (1968), son algunos de esos artistas que reivindicaron la condición intelectual del lector que, frente a lo que califican de literatura bananera, necesita aquello que los angloparlantes denominan ‘food for though’. Para ellos, aun con sus armas distintivas, la literatura comparte objetivos sociopolíticos renovadores de la sociedad con aquellos textos de otra tipología, como los que encontramos en diversos medios (conferencias, columnas periodísticas, blogs, etc.). 

Tras En busca de Klingsor (1999), obra que le lanzó a la fama, Volpi se ha instaurado como una de las jóvenes autoridades latinoamericanas en materia de análisis socioliterario de la actualidad: aquella que llega incluso hasta los mitos más injustos. Siguiendo esta última estela, hoy presentamos El insomnio de Bolívar (2009), el ensayo en el que diez años después de su eclosión cultural, y tras redescubrir el propio Volpi en Salamanca su condición de latinoamericano, responde a la necesidad de plantear una compleja radiografía del Nuevo Continente más allá de su propia literaturización.

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El insomnio de Bolívar

La tos le desgarra los músculos, como si el pecho se le partiese en dos: son las cuatro de la madrugada y el Libertador -así lo llaman- no logra conciliar el sueño. Hace días que no duerme bien, al menos desde que se embarcó en este penoso descenso por el Magdalena. Más cansado que nunca, se deja caer sobre el lecho, se concentra y cierra los párpados con fuerza. No puede dormir. La lucidez lo destroza. O la rabia. O la amargura. En la intimidad de la noche, mientras los demás pasajeros perciben el fúnebre rumor de las olas, la impertinencia de las cigarras o la escandalosa sinfonía de la selva, sus oídos se estremecen con el eco de quienes le vitorearon o insultaron durante sus años de gloria (si bien no distingue las palabras). Las voces estallan en su cabeza, brutales, hasta aniquilar su letargo. El miserable intenta no pensar, de qué le serviría ya ahora, pero el bullicio en su cabeza lo tortura: nada queda, en efecto, de su obra. Si acaso llegase a esquivar la muerte, sería para abandonar estas tierras, esta vez para siempre, sin haber afianzado su deseo: una América española libre, una América española unida, una América española próspera. Y, no menos importante, una América española cuyo timón le habría sido confiado.

[…]

Como apuntó el historiador mexicano Edmundo O’ Gorman, nuestro continente no fue descubierto por los conquistadores españoles, sino inventado por ellos. O, en el mejor de los casos, reinventado conforme a los dictados de la imaginación medieval: hábitat de monstruos y prodigios, utopía e infierno tropical, espacio fuera del tiempo, refugio de locos y poetas al margen de la civilización. Y todavía hoy, cuando se dibujan las fronteras de Occidente —Estados Unidos y Canadá, la Unión Europea y anexos y, olvidando cualquier precisión geográfica, Australia y Nueva Zelanda—, se excluye sin temor a América Latina, haciendo caso omiso de nuestras reivindicaciones de ser, en palabras de Octavio Paz, una porción esencial, aunque excéntrica, de ese reino (o al menos el “Extremo Occidente” al que se refería el diplomático francés Alain Rouquié). Si nadie nos acepta en ese exclusivo club, no se debe a nuestros problemas de desarrollo o a nuestro pasado indígena, sino a la perenne voluntad europea de mantenernos como receptáculos de sus frustraciones y deseos. De sus fantasías. 

No es éste el lugar para discernir las minucias académicas que separan al realismo mágico de lo real maravilloso y otras nomenclaturas semejantes: basta subrayar cómo una categoría artística se convirtió de pronto en una etiqueta sociopolítica. La definición canónica establece que, a diferencia de la literatura fantástica tradicional, donde no escasean la magia o los milagros, la característica esencial de su vertiente latinoamericana es la indiferencia ante lo extraordinario. Una muchacha vuela por los aires, y nosotros alzamos los hombros; un cadáver pregunta por su padre, y bostezamos; el tiempo corre en sentido inverso, y hacemos un mohín de fastidio; los niños nacen con cola de cerdo y, ay, preferimos una telenovela. Como la sinrazón nos gobierna, lo que en cualquier otra parte —más civilizada, habría que añadir— sería considerado antinatural y desataría curiosidad, pasmo o morbo, aquí apenas nos distrae. Cuando los críticos de Cambridge, Harvard o París se llenan la boca con el término realismo mágico, nosotros imaginamos una variante del realismo socialista.

¿En qué papel nos deja esta tesis? Una vez más aparecemos como buenos salvajes, dominados por la superstición y el misterio, habituados a convivir con lo sobrenatural o, en el otro extremo, como un pueblo primitivo que demuestra su apatía ante lo insólito. La interpretación social de un recurso literario adquiere, así, un matiz político perturbador: a los latinoamericanos no nos distingue nuestra fantasía, sino nuestra resignación. Una resignación de turbio origen católico que explica el conformismo que nos convierte en súbditos dóciles, en bien dispuesta carne de cañón, en sucesivas víctimas del colonialismo, el imperialismo, el comunismo, el capitalismo.

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Acerca de framosagudo

Docente y discente interesado en la investigación y didáctica de la lengua y la literatura. Más en: http://www.linkedin.com/pub/francisco-ramos-agudo/6b/192/b63
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