¿Cuánta tierra necesita un hombre?, Leon Tolstoi

En los momentos de crisis sociopolítica, de inminente y necesaria toma de posiciones gubernamental (valga como ejemplo el conflicto actual entre Rusia y Ucrania), suelen florecer una suerte de manifestaciones artísticas que dan cuenta de la misma. Asimismo, también es frecuente la alusión a clásicos que hayan tratado temas similares previamente; y, siguiendo esta tendencia, hoy aludimos a Leon Tolstoi (1828-1910) para intentar comprender algo más de la imperialista lucha por Crimea. De este modo, ¿Cuánta tierra necesita un hombre? (1886) plantea una parábola sobre la ambición del ser humano, sobre la irremediable necesidad de la insatisfacción permanente que nos caracteriza como especie y los peligros de tal búsqueda. O, al menos, eso planteaba una de las más excelsas plumas de la literatura universal.

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¿Cuánta tierra necesita un hombre?

-I-

La hermana mayor fue al campo a visitar a la hermana menor. La mayor estaba casada con un comerciante de la ciudad, en tanto que la menor con un campesino del pueblo. Mientras las hermanas se sentaban a platicar tomando su té, la mayor empezó a ensalzar las ventajas de la vida citadina, hablando de qué tan cómodamente vivían ellos allá, qué tan bien vestían, qué tan buena ropa llevaban sus hijos, cuántas cosas buenas comían y bebían y cómo ella iba al teatro, a paseos y a entretenimientos.

La hermana menor se sintió provocada y, a su vez, criticó la vida del comerciante y se puso a defender la del campesino.

‘No cambiaría mi forma de vivir por la tuya’, dijo. ‘Puede ser que vivamos toscamente, pero por lo menos no padecemos ansiedades. Tu estilo de vida es mejor que el nuestro, pero aunque a menudo ganan más dinero del que necesitan, es probable que pierdan todo lo que tienen. Ya conoces el proverbio: “Perder y ganar son hermanos gemelos”. A menudo sucede que la gente es rica un día y mendiga su pan al día siguiente. Nuestro estilo es más seguro. Aunque la vida del campesino no es fácil, sí es larga. Nosotros nunca seremos ricos, pero siempre tendremos suficiente que comer’.

La hermana mayor dijo entonces socarronamente:

‘¿Suficiente? Claro, si lo quieres compartir con los puercos y los becerros! ¿Qué saben ustedes de la elegancia de formas? Por mucho que tu buen hombre se esclavice, morirán tal como viven ahora – sobre un montón de estiércol – y sus hijos también’.

‘Bueno ¿y qué con eso?’, replicó la menor. ‘Desde luego que nuestro trabajo es pesado y rudo. Pero, por otra parte, es seguro y no necesitamos inclinarnos ante nadie. Pero ustedes, en sus ciudades, están rodeados de tentaciones; hoy todo puede estar bien, pero mañana el Maligno puede hacer caer a tu marido en tentaciones con cartas, vino o mujeres y se irán a la ruina. ¿Acaso no suceden esas cosas muy seguido?’

Pajóm, el señor de la casa, estaba sentado en la estufa y escuchaba la charla de las mujeres.

‘Es totalmente cierto’, pensó. ‘Aunque desde nuestra niñez estemos ocupados trabajando en la madre tierra, nosotros los campesinos no tenemos tiempo para que se nos metan tonterías en la cabeza. Nuestra única preocupación es que no tenemos suficiente tierra. Si yo tuviera mucha tierra, no le tendría miedo ni al mismísimo Diablo!’

Las mujeres terminaron su té, platicaron un poco acerca de vestidos, levantaron la mesa y se prepararon para dormir.

Pero el Diablo había estado sentado detrás de la estufa y había oído todo lo que se había dicho. Le había complacido que la esposa del campesino hubiera logrado que su esposo se jactara de que si tenía mucha tierra no le tendría miedo ni al mismo Diablo.

‘Muy bien’, pensó el Diablo. ‘Tú y yo vamos a medirnos. Te voy a dar bastantes tierras y por medio de esas tierras te tendré en mi poder’.

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Acerca de framosagudo

Docente y discente interesado en la investigación y didáctica de la lengua y la literatura. Más en: http://www.linkedin.com/pub/francisco-ramos-agudo/6b/192/b63
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