El curioso incidente del perro a medianoche, Mark Haddon

Christopher Boone no es un adolescente al uso; ni tampoco una voz narrativa habitual. Pocos poseen su memoria fotográfica, su ausencia de prevaricación y su gran torpeza social. A decir verdad, no abundan los narradores autodiegéticos autistas, o con síndrome de Asperger, en la literatura universal; y, precisamente por ello, El curioso incidente del perro a medianoche (2003) es una obra que requiere nuestra atención. No obstante, más allá de la mera innovación narratológica, la novela de Mark Haddon  (1962) se erige como una hábil muestra de un pensamiento formal al que no estamos acostumbrados (y debiéramos) a través de un intrigante misterio. Por ello hoy, tras haber divisado una fila con cinco coches rojos, invitamos a la lectura de esta genial y divertida novela detectivesca.

¡Muy recomendable; incluso necesaria!

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El curioso incidente del perro a medianoche

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Pasaban 7 minutos de la medianoche. El perro estaba tumbado en la hierba, en medio del jardín de la casa de la señora Shears. Tenía los ojos cerrados. Parecía estar corriendo echado, como corren los perros cuando, en sueños, creen que persiguen un gato. Pero el perro no estaba corriendo o dormido. El perro estaba muerto. De su cuerpo sobresalía un horcón. Las púas del horcón debían de haber atravesado al perro y haberse clavado en el suelo, porque no se había caído. Decidí que probablemente habían matado al perro con la horca porque no veía otras heridas en el perro, y no creo que a nadie se le ocurra clavarle una horca a un perro después de que haya muerto por alguna otra causa, como por ejemplo de cáncer o por un accidente de tráfico. Pero no podía estar seguro de que fuera así.

Abrí la verja de la señora Shears, entré y la cerré detrás de mí. Crucé el jardín y me arrodillé junto al perro. Le toqué el hocico con una mano. Aún estaba caliente.

El perro se llamaba Wellington. Pertenecía a la señora Shears, que era amiga nuestra. Vivía en la acera de enfrente, dos casas hacia la izquierda.

Wellington era un caniche. No uno de esos caniches pequeños a los que les hacen peinados, sino un caniche grande. Tenía el pelo negro y rizado, pero cuando uno se acercaba veía que la piel era de un amarillo muy pálido, como la de los pollos.

Acaricié a Wellington y me pregunté quién lo habría matado y por qué.

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Acerca de framosagudo

Docente y discente interesado en la investigación y didáctica de la lengua y la literatura. Más en: http://www.linkedin.com/pub/francisco-ramos-agudo/6b/192/b63
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