Platero y yo, Juan Ramón Jiménez

Un año más, los soportales de cierta Plaza Mayor salmantina volvieron a llenarse de puestos plegables repletos de extraños, antiquísimos objetos: ‘libros’. La industria editorial aprovechaba esta oportunidad bien para liberar sus fondos descatalogados a un módico precio, bien para aprovechar recientes defunciones y hacer negocio; aunque, todo sea dicho, hay quien reniega de estas estrategias.

Al margen del campo económico del que no se puede estar al margen, lo cierto es que el Día del Libro no debiera considerarse tanto una invitación al consumo cultural en el sentido capitalista del término como en el cultural: una invitación a la lectura. Desde este enfoque, la reivindicación pertinente de este año en la capital charra (también en Madrid, y probablemnete en muchos otros puntos de la geografía española que se nos escapan) se ha centrado en Platero y yo (1914), obra clave del por muchos admirados, por otros tantos odiado, Juan Ramón Jiménez (1881-1958). Si bien se apostaba por la llamada Generación de 1914 en general, ha sido esta obra descubierta por casi todos en la infancia (¿pese a su autor?) la gran protagonista en su centenario. ¿La recuerdas?

[Fuente: Junta de Andalucía]

I – PLATERO

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negros.

Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas… Lo llamo dulcemente: “¿ Platero ?”, y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal…

Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas, mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar, los higos morados, con su cristalina gotita de miel…

Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña…; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra. Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:

– Tien’asero…

Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.

II – MARIPOSAS BLANCAS

La noche cae, brumosa ya y morada. Vagas claridades malvas y verdes perduran tras la torre de la iglesia. El camino sube, lleno de sombras, de cansancio y de anhelo. De pronto, un hombre oscuro, con una gorra y un pincho, roja un instante la cara fea por la luz del cigarro, baja a nosotros de una casucha miserable, perdida entre sacas de carbón. Platero se amedrenta.

– ¿ Ba argo ?

– Vea usted… Mariposas blancas…

El hombre quiere clavar su pincho de hierro en el seroncillo, y no lo evito. Abro la alforja y él no ve nada. Y el alimento ideal pasa, libre y cándido, sin pagar su tributo a los Consumos…

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Acerca de framosagudo

Docente y discente interesado en la investigación y didáctica de la lengua y la literatura. Más en: http://www.linkedin.com/pub/francisco-ramos-agudo/6b/192/b63
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