Cuatro [ale]gatos a favor de la lectura (I): Mi experiencia textual

A veces, las que hemos denominado píldoras reflexivas pueden erigirse como lecturas, si  no mejores por no entrar en polémicas con los consagrados, ilustrísimos y veneradisísimos autores canónicos, más llamativas que los propios textos a partir de los que han sido creadas. Este es el caso de los [ale]gatos que, estos días, presentamos a favor de esta actividad que veneramos desde este blog: la lectura. Son estas una idea del esritor peruano de nacimiento, sevillano de adopción Fernando Iwasaki (1961). Hoy, comienza por describirnos parte de su intertexto lector, de su bagaje receptivo, de su biblioteca personal; y, sobre todo, por qué piezas están, y estarán, al frente de la misma.

Mi experiencia textual

Durante mi infancia los cómics fueron tan valiosos como los clásicos, así que debo citar a Julio Verne, Mark Twain y H. P. Lovecraft, al lado de Tarzán, Spiderman y los 4 Fantásticos. Ya de adolescente leí cinco libros maravillosos: la Ilíada y la OdiseaHistorias de Cronopios y de Famas de Julio Cortázar, La palabra del mudo de Julio Ramón Ribeyro y los Cuentos Completos de Edgar Allan Poe. De los libros leídos en mi último año de colegio me marcaron para siempre Cien años de soledad de García Márquez, La Cartuja de Parma de Stendhal, El libro de arena de Borges y El mito del eterno retorno del rumano Mircea Elíade, los cuales «ordenaron» todas mis lecturas anteriores, superhéroes incluidos.

Como entré a la universidad con 16 años, todavía no sabía leer con alicate y destornillador, así que también leí a Freud, Levi-Strauss y San Agustín como si fueran autores de literatura fantástica, hasta que descubrí la complejidad narrativa de Conversación en La Catedral de Vargas Llosa, El obsceno pájaro de la noche de Donoso y El Astillero de Onetti. Literariamente hablando, mi descubrimiento de esas tres novelas fue comparable a lo que representaron para mí Fellini, Bergman y Woody Allen en el dominio del cine. Desde entonces siempre leo con «caja de herramientas».

Ha transcurrido mucho tiempo desde entonces y los libros que me han encantado son numerosos, pero si tuviera que elegir sólo cinco me quedaría con La IlíadaHistorias de Cronopios y de FamasEl libro de arenaLa Cartuja de Parma y los Cuentos Completos de Poe en unos tomitos azules de Alianza. Mi textualidad se definió con la lectura de esos libros a los que siempre regreso, porque en aquella edad remota mi promiscuidad textual era absoluta y podía quedarme horas en la cama disfrutando del texto por el texto, practicando la homotextualidad y a veces la heterotextualidad.

No es casual que sólo haya citado libros que leí sin destornillador, porque el hechizo que me infligieron fue poderoso, fulminante y perturbador, como los rayos de Cíclope o la energía cósmica de Galactus. Admiro a los escritores que son capaces de cifrar en una sola novela el compromiso, la condición humana y la identidad de su país, su continente o su planeta; pero sólo envidio a quienes nos seducen textualmente y nos mantienen en vela hasta que la mañana nos arrasa, deslumbrados y felices.

Por eso la primera experiencia textual es más esencial y memorable que la otra.

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Acerca de framosagudo

Docente y discente interesado en la investigación y didáctica de la lengua y la literatura. Más en: http://www.linkedin.com/pub/francisco-ramos-agudo/6b/192/b63
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