De qué hablo cuando hablo de correr (II), Haruki Murakami

En el ecuador de la compilación de ensayos epistolares (o notas) de Murakami que ya presentáramos en este blog (De qué hablo cuando hablo de correr) podemos encontrar un fragmento que plantea una imbricación en la que, a fin de cuentas, podemos resumir tanto la obra como la propia rutina del japonés: el oficio de escribir y el placer de correr, y viceversa. Cuantos practicamos asiduamente deporte, y cuantos leemos con similar o mayor freucencia acerca de la creación literaria, no podemos estar más de acuerdo con el fragmento que hoy presentamos.

De qué hablo cuando hablo de correr

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Cuatro

19 de septiembre de 2005 – Tokyo

La mayoría de los métodos que conozco para escribir novelas los he aprendido cada mañana

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En mi caso, la mayoría de lo que sé sobre la escritura lo he ido aprendiendo corriendo por la calle cada mañana. De un modo natural, físico y práctico. ¿En qué medida y hasta dónde debo esforzarme? ¿Cuánto descanso está justificado y cuánto es excesivo? ¿Hasta dónde llega la adecuada coherencia y a partir de dónde empieza la mezquindad? ¿Cuánto debo fijarme en el paisaje exterior y cuánto concentrar profundamente en mi interior? ¿Hasta qué punto debo creer firmemente en mi capacidad y hasta qué punto debo dudar de ella? Tengo la impresión de que si, cuando decidí hacerme escritor, no se me hubiera ocurrido empezar a correr largas distancias, las obras que he escrito serían sin duda bastante diferentes.

En cualquier caso, me alegro de haber seguido corriendo sin descanso hasta hoy. Porque las novelas que escribo ahora también me gustan a mí. Y estoy deseando saber cómo será la próxima. Que al tiempo que recorro el camino de mi intrascendente vida plagada de contradicciones, como ser incompleto, como escritor con sus limitaciones, todavía siga sintiendo estas cosas, debe de ser un importante logro. Puede que exagere un poco, pero tengo incluso la impresión de que podría llamarlo ‘milagro’. Y si el hecho de correr a diario me ha ayudado a lograrlo, aunque sólo sea en cierta medida, entonces debería estarle profundamente agradecido.

A veces algunas personas se dirigen a los que corremos a diario para preguntarnos burlonamente si lo que pretendemos con tanto esfuerzo es vivir más. La verdad es que yo no creo que haya mucha gente que corra a fin de vivir más. Más bien tengo la impresión de que son más numerosos los que corren pensando: “No importa si no vivo mucho, pero, mientras viva, quiero al menos que esa vida sea plena”. Por supuesto, es mejor vivir diez años de vida con intensidad y perseverando en un firme objetivo que vivir esos diez años de un modo vacuo y disperso. Y yo pienso que correr me ayuda a conseguirlo. Ir consumiéndose a uno mismo, con cierta eficiencia y dentro de las limitaciones que nos han sido impuestas a cada uno, es la esencia del correr y, al mismo tiempo, una metáfora del vivir (y, para mí, también del escribir). Probablemente muchos corredores compartan esta opinión.

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Acerca de framosagudo

Docente y discente interesado en la investigación y didáctica de la lengua y la literatura. Más en: http://www.linkedin.com/pub/francisco-ramos-agudo/6b/192/b63
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