La muerte, Maurice Maeterlinck

Que la vida iba en serio, como rezara Gil de Biedma, es un topoi al que recurren con frecuencia literatos de muy diversas épocas. No obstante, hay diversas formas de hacerlo, con mayor o menor solemnidad. En esta mañana de viernes, plasmamos un ejemplar del primer modo: un pensamiento hondo (y, sin embargo, fluido) cuya autoría corresponde al belga Maurice Maeterlinck (1862-1949). En una obra de revelador título, La muerte, podemos encontrar fragmentos como el que ha sido texto de la semana en El Poder de la Palabra. ¡Disfrútenlo… o no!

La muerte

[…]

Dejando a un lado la ayuda incierta que esos muertos nos pueden prestar, intentemos ir solos, más allá de la tumba. Parece, pues, –y volviendo a la hipótesis que examinábamos antes de hacer esas digresiones necesarias–, que la supervivencia con nuestra conciencia actual es, poco más o menos, tan imposible o tan incomprensible como el aniquilamiento. Por lo demás, aunque fuese no sería de temer. Es cierto que desapareciendo el cuerpo, desaparecerán todos los sufrimientos físicos, al mismo tiempo, pues no es posible imaginarse que pueda sufrir un espíritu por un cuerpo ya no tiene. Con esos sufrimientos, desaparecerá también algo más que todo eso que llamamos dolores espirituales o morales, pues, una vez examinados éstos, se ve que nacen de costumbres y ataduras de nuestros sentidos. Nuestro espíritu se resiente por el contra golpe de los dolores de nuestro cuerpo o de aquellos que nos rodean; no puede sufrir en sí mismo o por sí mismo. Las afecciones descuidadas, los amores contrariados o desarraigados, las decepciones, las impotencias y desesperaciones, las traiciones y las humillaciones personales, lo mismo que las tristezas y la pérdida de los que amamos, no adquieren el aguijón que los destruye sino al pasar a través del cuerpo humano. Además, su dolor propio, que es el dolor de no saber nada, libre de su carne, sólo podría sufrir recordando a ésta. Es posible que todavía se entristezca con las penas le parecerán tan breves que no podrá darse cuenta de su duración conducen, no las verá ya, rigurosas como antes.

El espíritu es insensible a todo lo que no es felicidad. Sólo está hecho para el golpe infinito, que es el gozo de conocer y comprender. Sólo puede afligirse cuando se apercibe de los límites, cuando ya no se está atado por el espacio ni por el tiempo, es rebasarlo ya.

Ahora se trata de saber si este espíritu, al abrigo ya de todo dolor, seguirá siendo él mismo, se sentirá y se reconocerá en el seno del infinito y hasta qué punto importa que se reconozca. Henos aquí ante los problemas de la supervivencia sin conciencia o de la supervivencia con una conciencia distinta de la de hoy.

En un principio, la supervivencia sin conciencia es la que parece más probable. Desde el punto de vista del mal o del bienestar que nos esperan del otro lado de la tumba, esa supervivencia equivale al aniquilamiento. Por eso, está en la mano de los que prefieren la solución más fácil y la que está más conforme con el estado actual del pensamiento humano, el llevar hasta ahí su inquietud. No tienen nada que temer, pues cualquier temor -en el caso de que quedase alguno- florecería lleno de esperanzas. El cuerpo se disuelve y ya no puede sufrir más; el pensamiento, separado de la causal o de la fuente de sus alegrías y de sus penas, se apaga, se dispersa y se pierde en la obscuridad sin límites, y sucede entonces el gran reposo tan a menudo implorado, el dormir sin medida, sin ensueño y sin despertar.
Pero esto es sólo una solución propicia a nuestra pereza. Ante los que hablan de supervivencia sin conciencia, si se les apura, caemos en la cuenta de que sólo se refieren a su conciencia actual; porque el hombre no puede imaginar otra, y acabamos de ver que es poco menos que imposible que semejante conciencia se mantenga en lo infinito.

A menos que quieran negar todo linaje de conciencia, aun la del Universo a donde caerá la de ellos. Pero esto es zanjar muy pronto, muy ciegamente, con un palo ciego, el problema más elevado y más misterioso que se pueda presentar en el cerebro de un hombre.

Es evidente que desde el fondo de nuestro pensamiento limitado por todas partes, jamás conseguiremos hacernos la menor idea de la conciencia del infinito. Y hasta entre los dos términos: conciencia e infinito, existe una antimonia fundamental. Quien dice conciencia, entiende lo que puede concebir como lo más definido en lo finito; la conciencia es exactamente lo finito que se repliega sobre sí mismo para reconocer y palpar sus límites más estrechos, a fin de disfrutarlo lo más estrechamente posible. Por otra parte, nos es imposible separar la idea de inteligencia de la idea de conciencia. Toda inteligencia que no parece ser apta para transformarse en conciencia se convierte para nosotros en un fenómeno misterioso al cual damos nombres más misteriosos aún, para así no vernos obligados a confesar que ya nada comprendemos. Luego, pues, sobre nuestra reducida tierra que no es más que un punto en el espacio, vemos que en todos los grados de la vida (recordemos, por ejemplo, las combinaciones y los organismos maravillosos del mundo de los insectos) consúmese una suma tal de inteligencia, que nuestra humana inteligencia ni siquiera puede soñar en valorarla. Todo lo que existe, y el hombre en primer lugar, sorbe sin cesar en ese receptáculo inagotable. Estamos, pues, fatalmente obligados a interrogarnos si esa inteligencia universal, no llegará a elaborar una conciencia infinita. Y henos aquí envueltos entre dos imposibilidades irreductibles.

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Acerca de framosagudo

Docente y discente interesado en la investigación y didáctica de la lengua y la literatura. Más en: http://www.linkedin.com/pub/francisco-ramos-agudo/6b/192/b63
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