Ávidas pretensiones, Fernando Aramburu

Ávidas pretensiones (2014) es el reciente título de Fernando Aramburu con el que el donostiarra, afincado desde hace décadas en Alemania, conquistó el Premio Biblioteca Breve hace unos meses. No en vano, el vivo y vívido retrato de la poetada nacional (ficcional, por supuesto) que en esta ingeniosísima obra lega no merece sino, al menos, una corona de laurel como tal. Aramburu sigue demostrando una gran habilidad para el repentino cambio de registro, para la amalgama de estilos y la humanización de los más divinos sectores de la sociedad. A fin de cuentas, retórico dominio al margen, los poetas descritos no son más que un compendio de impulsos primarios, como todos y cada uno de nosotros. Eso sí: jamás hemso infundido tantas dosis de humor como la que suscitan estos locos poetillas.

Ávidas pretensiones

1

El coche fúnebre entró en Morilla del Pinar por la única carretera del pueblo. Juanjo Changa, que lo conducía escuchando canciones mexicanas a todo volumen, redujo la velocidad por si se terciaba comprobar en el semblante de algún lugareño los efectos de su ocurrencia. La ranchera que sonaba en aquellos momentos coincidió con el tintineo campanil, pueblerino, chiquitito, de las nueve.

La plaza vacía bajo el sol generoso, clemente, de mayo. Aquí un galgo tendido a la sombra de una acacia. Allá un gato haciéndose unas abluciones linguales. Almas, ninguna, hasta que Changa se hizo notar añadiendo una coda de bocinazos a las rurales campanadas.


Salió a la puerta una vieja con delantal, vio el vehículo horrendo, se santiguó.

– Tranqui, abuela, que no vinimos por usted.

Evangelia González, la Nívea (ganadora del último premio Alambor), prefirió apearse.

– ¿Nos puede decir por dónde se va al convento de las espinosas?

La vieja, manos rojizas, boca hundida, señaló con una cabo del delantal hacia la prolongación de la carretera. 

– Pallá

Han nacido en mi rancho dos arbolitos. La ranchera apenas dejaba oír la voz de la vieja, trémula de luctuosas supersticiones. Su mirada octogenaria intentaba atravesar los vidrios polarizados.

– ¿Se ha muerto alguien?


Changa, con fingida extrañeza:

– ¿Pues?
– No, como vienen ustedes con el coche este.
– Sólo la muerte nos hace profundos.

La vieja no quiso más conversación ni más tratos.

– Ya sabéis ustedes, todo pallá.

Se acogió a su casa atravesando la guardapuerta de canutillos.

Si se viene de Madrid, que es donde residía la mayor parte de los inscritos, hay que dejar atrás Morilla del Pinar obra de kilómetro y medio. La cuesta discurre entre pinos y matorrales, con algún que otro calvero punteado de amapolas. En los troncos rascan las cigarras su concierto multitudinario. 

Al llegar a una curva, hay una desviación asfaltada que llega al convento. Una verja herrumbrosa de grandes dimensiones, siempre abierta, confirma al visitante que aquel es el camino adecuado. Y por si aún quedaran dudas, un cartel en el borde de la carretera se lo termina de asegurar: BIENVENIDOS AL CONVENTO DE LAS HERMANAS SIERVAS DE LAS SAGRADAS ESPINAS DE JESÚS.

Ahí es, a unos doscientos metros monte arriba. Soledad silvestre, laderas que se alargan cada vez más empinadas hasta unos picachos imponentes, lagartijas y saltamontes, olor a resina de pino, a tomillo y espliego. Ahí se celebran por tercer año consecutivo las Jornadas Poéticas en Casacristo, como se las conoce de broma en el gremio lírico español; las cuales, por motivos tanto publicitarios como de financiación, reciben el nombre oficial de Jornadas Poéticas de Morilla del Pinar.

El coche fúnebre subió el corto tramo de camino hasta la explanada que sirve de aparcamiento. La explanada es un círculo de grava ante el edificio de nueva planta que alberga el centro de estudios. ¿Qué más? Pues eso, que detrás, oculto a la vista, está el convento de las monjas.

– Ya te dije que llegaríamos los primeros, igual que los criados.

– Estupendo. Así tenemos tiempo para una felación.

– Cáscatela solo. No somos pareja.

– Ni lo pretendo, pero ya que has viajado gratis, qué menos que una propinilla.

– Te quedas sin boutade. Podías haber venido en cuadriga y lo mismo. Nadie se habría percatado.

– Por muy poetas que sean todos esos gilipollas, en algún momento de las Jornadas dejarán de contemplarse en el espejo y verán el coche.

– Venéralos o peligra tu carrera.

[…]

Anuncios

Acerca de framosagudo

Docente y discente interesado en la investigación y didáctica de la lengua y la literatura. Más en: http://www.linkedin.com/pub/francisco-ramos-agudo/6b/192/b63
Esta entrada fue publicada en Aramburu, Fernando, Novela, Siglo XXI. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s