El judezno [El niño judío], Gonzalo de Berceo

Gonzalo de Berceo (¿1196-1246?) es el primer poeta castellano de nombre conocido; y, sin embargo, fue despreciado por los grandes estudiosos de la literatura hasta que en el siglo XIX Menéndez Pelayo lo recuperara del olvido. Tras tantas y tantas líneas vertidas sobre el tema (las cuales, no obstante, han servido para alimentar a otros tantos eruditos), hoy parece existir cierto consenso sobre el carácter de astuto predicador de este riojano, frente a quien lo considera un catequista ingenuo y simpático. No obstante, de su variada obra religiosa (¿de qué va a escribir un clérigo del siglo XIII?) destacan los Milagros de Nuestra Señora: una colección de relatos marianos en cuaderna vía, como buen ejemplo del Mester de Clerecía, concebido para el público popular a partir de fuentes latinas cuya letura debiera ser suficiente para invalidar ese calificativo de ingenuo que se le atribuyera. Sin inventar nada en términos de argumento, la originalidad de Berceo reside en el tratamiento literario que hace de sus narraciones: en la plasticidad de sus relatos, sus hallazgos léxicos, sus comparaciones… y, sobre todo, su humor. Dudo que alguien sea capaz siquiera de no esbozar una sonrisa con el relato que hoy presentamos sobre tan inocente niño judío y tan “justo” padre. Por eso, en este siglo, aún se sigue leyendo a un Berceo, insistimos, tan ignorado durante tanto tiempo. ¿Ingenuuo? ¡Ja!

Para asegurar el mayor alcance de una propuesta tan osada como la de hoy (¿quién, sino los alumnos de Secundaria o de Literatura, obligados, se acerca a la literatura medieval?), presentamos la versión modernizada a cargo de Juan Manuel Rozas en lugar del texto original (el cual, no obstante, preferirán aquellos que sufren la deformación profesional de cuantos osaron estudiar alguna filología).

[Fuente: Ascensión Biosca]

El judezno [El niño judío]

En la villa de Borges, una ciudad extraña,

aconteció en un tiempo una famosa hazaña,

sonada es en Francia, lo mismo en Alemania,

semejante a un milagro, de tal tiene calaña.

Un monje la escribió, hombre bien verdadero,

de San Miguel de Clusa él era monje austero;

era en aquel tiempo en Borges hostalero,

Pedro era su nombre, soy en esto certero.

Tenía en esta villa, pues era menester,

un clérigo una escuela de cantar y leer,

tenía muchos discípulos para allí aprender,

hijos de buenos hombres que más querían valer.

Venía un niño judío, natural del lugar,

por sabor de los niños, con ellos a jugar;

acogíanlo los otros, no le daban pesar,

tenían con él todos gusto de solazar.

En el día de Pascua, domingo, a la mañana,

cuando la Comunión toma la grey cristiana,

sintió el niño judío de comulgar gran gana,

comulgó con los otros el Cordero sin lana.

Mientras que comulgaban, con una gran premura,

alzó el niño judío la mirada a la altura,

y vio sobre el altar una bella figura,

una dama hermosísima con gentil criatura.

Vio cómo esta dama que sentada allí estaba

a grandes y a chicos de comulgar les daba;

gustole Ella mucho, cuanto más la miraba

de su gran hermosura más se enamoraba.

Salió de la iglesia alegre y contentado,

fue enseguida a su casa, como estaba avezado,

amenazolo el padre, porque había tardado,

pues merecedor era de ser así hostigado.

Padre –le dijo el niño– no os negaré yo nada,

pues con niños cristianos me fui de madrugada;

con ellos oí misa, ricamente cantada,

y comulgué con ellos la hostia consagrada.

Pesole mucho esto al malaventurado

como si lo tuviese ya muerto o degollado;

no sabía en su gran ira qué hacer el endiablado,

hacía malos gestos como un endemoniado.

Tenía en su casa este perro traidor

un horno grande y fiero que causaba pavor,

hízolo calentar el loco pecador,

de modo que echaba un soberbio calor.

Tomó este niñito el falso descreído,

así como él estaba, calzado y vestido,

dio con él en el fuego, bravamente encendido:

¡mal le venga a tal padre que tal hace a su hijo!

Metió la madre voces, una gran gritería,

tenía con sus uñas las mejillas heridas;

hubo allí muchas gentes en un rato venidas,

de tan feroces quejas estaban aturdidas.

El fuego, aunque bravo, tuvo comedimiento,

ni lo dañó en un punto, mostrose bien atento;

el niñito del fuego se salvó bien exento,

hizo el Rey Poderoso un milagro al momento.

Estaba en paz el niño en el horno voraz,

en brazos de su madre no hallaría más paz:

no preciaba este fuego más que a otro rapaz,

pues le hacía la Gloriosa compañía y solaz.

Saliose de la hoguera sin ninguna lesión,

el calor no sintió más que otra sazón,

no tuvo tacha alguna, ni una tribulación,

pues había Dios puesto en él su bendición.

Preguntáronle todos, ya judío o cristiano,

cómo pudo vencer fuego tan soberano;

cuando no era dueño de su pie ni su mano

que quién lo sostenía allí dentro tan sano.

Respondioles el niño palabra señalada:

«La señora que estaba en la silla dorada

con su Hijo en los brazos, sobre el altar sentada,

ésta me protegía y no sentía nada.»

Entendieron que era Santa María ésta,

que ella lo protegió de tempestad funesta;

cantaron grandes laudes, hicieron rica fiesta,

pusieron el milagro entre la otra gesta.

Cogieron al judío, al falso desleal,

aquél que a su niñito hiciera tan gran mal;

atáronle las manos con un fuerte dogal,

y dieron con él dentro de aquel fuego caudal.

En menos que se cuentan unos pocos pepiones

el hombre fue tornado en ceniza y carbones:

no decían por su alma ni salmo ni oraciones,

mas decían denuestos y grandes maldiciones.

Decíanle mal oficio, hacíanle mala ofrenda,

decían por pater noster: «Cual hizo, que tal tenga»;

de la comunicanda nuestro Dios nos defienda,

para el demonio sea esta maldita prenda.

Tal es Santa María, la que es de gracia plena,

por servicio da gloria, por no servicio pena;

a los buenos da trigo, a los malos avena,

los unos van al cielo, los otros en cadena.

Quien servicio le hace tiene buena ventura,

quien no le hizo servicio nació en hora dura,

los unos ganan gracia, los otros su amargura,

a los buenos y malos sus hechos los mesura.

Los que injurias le hacen, los que no le sirvieron,

sus mercedes ganaron, si bien se lo pidieron:

nunca repudió Ella a los que la quisieron,

ni les devolvió airada el mal que le hicieron.

Por probar esta cosa que dicha os tenemos

digamos un ejemplo hermoso que leemos:

cuando esté va contado mejor lo creeremos,

de buscarle pesar más ya nos guardaremos.

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Acerca de framosagudo

Docente y discente interesado en la investigación y didáctica de la lengua y la literatura. Más en: http://www.linkedin.com/pub/francisco-ramos-agudo/6b/192/b63
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